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domingo, 7 de agosto de 2011

Oportunidades de entrenamiento militar y modernización de las FF.AA. latinoamericanas.



(Infodefensa.com) Por José Miguel Pizarro Ovalle*, Washington - “Para los ejércitos que carecen de una eficiente estructura organizacional, la posesión de armamento de última tecnología es de dudosa utilidad. Esto es particularmente notorio en el caso de los ejércitos árabes quienes -desde 1945- poseen un extenso pasado de fracasos militares a pesar de tener acceso a un copioso arsenal de armamento moderno proveniente de Francia y la Unión Soviética. La incompetencia del mundo árabe, sumado a sus severos problemas en el manejo de la información y a la incapacidad de su personal para emplear y mantener adecuadamente su equipo militar ha dejado a los estados árabes en una permanente condición de vulnerabilidad frente a casi cualquier adversario”.

WAR MADE NEW. Weapons, warriors and the making of the modern world Max Boot, Página 464.

Durante los últimos 500 años la humanidad ha experimentado cinco Revoluciones Tecnológicas de carácter militar que han cambiado radicalmente el curso de la Historia del hombre. Cada una de estas revoluciones se ha gatillado a raíz de un descubrimiento técnico que al industrializarse - al caer en manos de reyes y empresarios - encontró un rápido uso en el mundo militar profesionalizando el conflicto y haciendo más eficiente la lucha. Una verdadera mentalidad empresarial se apoderó de la guerra. Acto seguido, cada una de estas revoluciones dibujó de nuevo los mapas del mundo, convirtió a pequeños países en potencias económicas mundiales y rediseñó la política internacional con la cual se redistribuyeron en cada periodo los centros de poder en nuestro planeta. Los resultados directos de estas revoluciones tecnológicas modificaron profundamente la velocidad y la letalidad para hacer la guerra, otorgaron la capacidad a diminutos estados para imponer por la fuerza sus políticas sobre continentes completos y fueron claves para sustentar la sorprendente expansión de Europa y su particular estilo de hacer negocios en todo el planeta. Cada revolución tecnológica influyó directamente en el surgimiento y en la posterior caída de cinco de los seis más grandes y poderosos imperios del mundo.

Curiosamente, y con la sola excepción de la Iglesia, en ninguna profesión el temor al cambio es percibido con tanta potencia como en las Fuerzas Armadas. Al interior del cuerpo de oficiales, la transición exitosa de un sistema militar de trabajo a otro puede llegar a ser extremadamente doloroso pues exige casi siempre sacar de raíz ciertos patrones de conducta que eran entendidos como obligatorios para ascender. Sin embargo, son precisamente el cambio, la modernización y la aceptación sin complejos de sistemas de entrenamiento avanzados los que le permiten a un ejército profesional vencer con rapidez a otro que no lo es. Los cambios verdaderamente históricos a los sistemas de entrenamiento (llamados Revolution in Military Affairs o RMA en Estados Unidos y Europa) van mucho más allá de la simple compra de avanzados sistemas de armas. Los nuevos sistemas de entrenamiento y profesionalización de las Fuerzas Armadas en América Latina requieren, para ser exitosos, de una verdadera revolución organizacional, cultural, doctrinaria e intelectual que toca aspectos mucho más profundos que la simple compra de misiles y carros blindados. La historia ha demostrado con monótona exactitud que el rechazo al cambio siempre se traduce en lo mismo… en la ausencia de la victoria y en la vergonzosa masacre de generaciones completas de jóvenes soldados.

Estos cambios de carácter revolucionario fueron alcanzados en el pasado por los Prusianos cuando descubrieron el impacto estratégico en el campo de batalla al movilizar a cientos de miles de soldados a través de la red ferroviaria, por los japoneses cuando decidieron agrupar a varios portaaviones en una sola fuerza de ataque expedicionaria, por lo alemanes al crear la guerra relámpago “Blitzkrieg” y por los norteamericanos cuando integraron las bombas inteligentes, los sensores, los sistemas furtivos y al soldado profesional bajo la doctrina de la batalla aeroterrestre.

En lo que respeta a nosotros, y para desgracia de las repúblicas Latinoamericanas, la Historia ha demostrado, con irritante monotonía y exactitud, que el fenómeno de la guerra siempre ha encontrado a nuestros pueblos desinformados e indefensos ante las decisiones – muchas veces irresponsables - del gobierno de turno. No han sido pocas las ocasiones en las cuales los gobiernos latinoamericanos constituidos casi invariablemente por acomodados ciudadanos que jamás sirvieron un minuto a su patria en uniforme, sumieron a sus pueblos en la más obscura de las ignorancias únicamente porque no poseían preparación profesional alguna para enfrentar inteligentemente un conflicto bélico. Pánico, histeria, gritos y caos han sido escenas comunes al interior de nuestros palacios de gobierno. ¿La excusa más escuchada? Nadie estaba preparado para la crisis. Nadie la vio venir.

Irónicamente ha sido la presencia de idénticos niveles de torpeza estratégica e ineptitud militar -en sus potenciales contrincantes- lo que ha impedido el dominio absoluto de una sola nación en América Latina. La ausencia de ejércitos verdaderamente modernos, entrenados con estándares profesionales y equipados con sistemas de armas de última generación ha garantizado durante casi 200 años un equilibrio estratégico casi constante en la región. Hasta ahora.

Curiosamente la mayoría de los conflictos bélicos en nuestro continente han sido el resultado de intrigas extranjeras, invasiones norteamericanas y europeas o siniestras manipulaciones internacionales. De ello dieron fe las intervenciones militares norteamericanas del siglo 19 a México, Nicaragua, Cuba y Panamá. Más tarde, y quizás con la intención de profundizar un poco más en este punto, los Estados Unidos invadieron también Haití, la República Dominicana y nuevamente a México a principios del siglo 20. En todos y cada uno de estos lugares la bandera norteamericana permaneció flameando durante años. En algunos casos, durante décadas. A pesar de nuestra histórica ineptitud militar y de la evidente necesidad de realizar un cambio muchos de los proyectos relacionados a la adecuada modernización de las fuerzas armadas sudamericanas nunca logran evolucionar en algo más allá que el irrelevante foco de debate público del verano pasado. En el mundo latino, el diseño de la adecuada defensa nacional genera discrepancias arabescas que siguen sin resolverse y que en términos concretos ni siquiera hoy se tocan con la necesaria responsabilidad o visión estratégica.

Uno de los primeros pasos para revertir esta tendencia es acercarnos a la tecnología, modernizar radicalmente la forma en que reclutamos intelecto en nuestras instituciones armadas, incrementar el nivel profesional de los centros y agencias de inteligencia y análisis de riesgo y -en general- desarrollar una eficiente cultura gubernamental de trabajo que verdaderamente comprenda el fenómeno de la guerra. Sin pasiones, sin histeria y sin drama. Fríos y serenos bajo presión. Tal y como lo hacen los directorios de las grandes empresas.

Como comprenderán, hacer una reflexión sobre los distintos sistemas de entrenamiento y profesionalización de las Fuerzas Armadas en América Latina -y comentar sobre su eficacia o sus puntos débiles- no puede ser hecha con honradez y sinceridad sin antes tocar con valentía los dolorosos problemas que durante más de 200 años nos han impedido modernizar a nuestras fuerzas.

Hecha esta reflexión tocaremos ahora 3 ejemplos Latinoamericanos que describirán -con igual honestidad- lo bueno, lo malo y lo feo en materia de entrenamiento y modernización militar en la región.

Lo Bueno:


El Caso Colombiano es un ejemplo destacable y digno de analizar. A partir del año 2000 las Fuerzas Armadas de Colombia comenzaron a recibir entrenamiento militar avanzado de parte de un grupo de más de 600 instructores norteamericanos en uniforme y por parte de casi 3,000 contratistas privados. Los cambios se apuntaron a la profesionalización del sistema de reclutamiento de los líderes tácticos, al adecuado diseño de las fuerzas, a la eficiente integración de las armas en el asalto aerotransportado a nivel batallón y al adecuado empleo de la inteligencia de combate (C4ISR) en un campo de batalla transversal y adecuadamente integrado. Nada de este se logro de la noche a la mañana. El proceso tomo una década y sus logros se ven ahora con un ejército Colombiano letal y moderno que -a partir del año 201- ha comenzado exitosamente la destrucción sistemática, continua y metódica de las FARC y del ELN. Dichas organizaciones terroristas y criminales se encuentran (por primera vez en más de 40 años) en franca retirada, sin líderes que puedan mantenerse por más de una semana con vida, y bajo el acoso y bombardeo constante de la Fuerza Aérea y del Ejército.

La victoria del Ejército Colombiano fue fruto de una verdadera revolución cultural y profesional que toco tres pilares básicos; la selección del personal, la doctrina de empleo y la llegada de nuevos sistemas de armas y tecnología que modificaron finalmente el sistema de entrenamiento. Estos cambios obligaron a la creación de un centro nacional de entrenamiento para guerra irregular en jungla, a la activación de una división de asalto aéreo (equipada con lo último en tecnología de guerra asimétrica) y al re-entrenamiento, equipamiento y modernización de una fuerza de asalto aeromóvil que cuenta con más de 300 helicópteros modernos (entre ejército y fuerza aérea) y con más de 10.000 soldados profesionales altamente entrenados con casi una década de experiencia continua en combate.

La decisión,valiente y visionaria del alto mando colombiano, sumado a una actitud de serena humildad al definir que el sistema de entrenamiento y doctrina de empleo no estaba funcionando, permitió la llegada de instructores extranjeros, de nuevas tecnologías – y de revolucionarios sistemas de entrenamiento – los que combinados activaron finalmente el cambio. Las profundas modificaciones doctrinarias implementadas por el Alto Mando Colombiano ya son irreversibles, la desaparición del soldado conscripto y su reemplazo por soldados profesionales un proceso inevitable y el triunfo de las Fuerzas Armadas de Colombia sobre estos grupos armados- que durante más de 40 años sembraron la muerte y el terror en una de las naciones más bellas del planeta- representan una causa que tiene su victoria asegurada.

Lo Malo:


El ejército chileno es considerado por muchos como la fuerza terrestre más moderna y mejor equipada de habla hispana en América Latina. Disciplinados y respetados como ninguna otra fuerza militar en la región los soldados chilenos lucen con orgullo una tradición guerrera sin paralelo en América Latina… jamás han perdido una guerra y nunca alguno de sus soldados se ha rendido al enemigo.

Por desgracia, y orientados por un proceso modernizador que solo se enfocaba en la compra de material de última tecnología (sin considerar adecuadamente la eficiente modernización del sistema de entrenamiento de combate) el ejército chileno terminó implementando un salto generacional incompleto que no consideraba la adecuada modernización intelectual de la fuerza ni la inmediata modificación de la doctrina de combate. Estas falencias se ven reflejadas hoy en día con una fuerza terrestre de más de 228 tanques Leopard, y 1,300 carros blindados repotenciados con sistemas de última generación que carecen de todo sostén logístico que les permita operar (fuera de sus bases) por más de una semana.

Veamos un ejemplo: en caso de un despliegue hacia sus zonas de empleo la totalidad de las unidades blindadas y mecanizadas del Ejército chileno deberán operar a cientos de kilómetros de la “estación de gasolina” más cercana. Considerando que un tanque de 40 toneladas debe ser reaprovisionado cada 8 horas de combate (o cada 12 horas de marcha) las fuerzas blindadas chilenas necesitan de aproximadamente 1,200 vehículos de soporte logístico todo-terreno que actualmente no existen.

Esto lleva a la lógica conclusión que el “Talón de Aquiles” de toda formación mecanizada chilena será siempre su larga y vulnerable columna logística integrada por cientos de carros porta-combustible y porta-munición. Dicha columna logística (que dicho sea de paso será atacada en promedio con al menos 30 a 80 emboscadas diarias) estará integrada por miles de pequeños vehículos sin blindaje que llevaran tropas de refresco, evacuaran heridos, transportaran alimentos, líquidos y lubricantes, etc. Todo lo anterior a través de largas líneas logísticas que se extenderán por cientos de kilómetros a través de territorio enemigo. Dicho en español, el 90% de las bajas serán siempre tropas logísticas.

El sentido común también permite concluir que –al considerar el hecho que ningún país vecino posee fuerzas mecanizadas capaces de oponerse a las formaciones blindadas chilenas– la batalla central probablemente no se llevara a cabo en desolados parajes o en medio de alguna quebrada olvidada en el desierto de Atacama. Y aquí el problema de la ausencia de doctrina. En Chile, la mayoría de los generales están convencidos de que sus adversarios formarán a sus tropas en zonas alejadas de la población civil o en lugares que le permitan a la fuerza aérea de Chile (y a los grupos de artillería de 155mm del ejército) pulverizar con toda comodidad a un enemigo “bobo” que simplemente decidirá perecer “dignamente” y sin riesgo de provocarle algún daño colateral a la imagen del Alto Mando chileno.

La alarmante desconexión entre la doctrina de empleo, equipo y entrenamiento va mas allá aún. A pesar de que toda la evidencia existente durante los últimos 25 años de combate demuestra que el 90% de los ejércitos del mundo –al enfrentarse a adversarios mecanizados superiores en número– han decidido siempre atrincherarse en ciudades, villas y puertos, el Ejército de Chile aun no posee algún tipo de doctrina de empleo a nivel compañía, batallón o brigada que le permita entrenar o simular el combate en zonas urbanas. Nada. Aquí se demuestra una vez más que al no existir evaluadores externos la conciencia crítica orgánica no existe.

Así las cosas, y ya sea que el Ejército de Chile sea llamado a defender o capturar ciudades, la realidad es que nuestro equipamiento está gravemente incompleto, el entrenamiento de grandes unidades para ese escenario de combate especifico brilla por su ausencia y la doctrina de empleo conjunta – esa que se diseña para practicarla durante la paz con el fin de vencer en ese complejo y sangriento escenario de combate urbano… sencillamente no existe. En el Alto Mando de Santiago, en donde la crítica interna no es exactamente bien recibida, no existe aun nadie con el espíritu crítico de tocar la “campanita de alarma” y darle una mirada a este urgente tema.

Lo Feo:


Si queremos graficar niveles críticos de desconexión en materias de doctrina y entrenamiento el Caso Peruano es un tema de análisis obligado. Poseedores de una Marina de Guerra de primer nivel y que nada tiene que envidiarle a ningún vecino, el Perú posee una de las Fuerzas Aéreas peor mantenidas del mundo y un inmenso ejército de soldados conscriptos incapaz de aplastar a un grupo subversivo que se ha (literalmente) apoderado de dos importantes provincias en el centro y sur del país.

Aun cuando El Perú ha seguido el exitoso ejemplo Colombiano (a mucho menor escala por cierto) y a pesar de que ha contratado a empresas extranjeras para modernizar y re-entrenar a sus unidades de combate de Fuerzas Especiales dicho ejemplo no ha sido replicado por el ejercito convencional. A partir del año 2009 unidades del Comando de Operaciones Especiales del Ejército, Buzos Tácticos y Comandos Infantes de Marina han estado recibiendo entrenamiento de combate avanzado de parte de un grupo de empresas de entrenamiento táctico israelí. Ello les ha permitido modernizar sus sistemas de Mando y Control, compartir inteligencia en tiempo real y darle duros golpes a las fuerzas terroristas y grupos armados de narcotraficantes.

Los programas de entrenamiento extranjero se concentraron en la activación de una nueva DOCTRINA Contraguerrilla y de Combate en Montaña y Selva. Esta fórmula de trabajo llamaba al empleo exclusivo de Fuerzas de Operaciones Especiales, Tropas de Montaña, Comandos Infantes de Marina y de soldados profesionales. Con este fin los militares del Perú se entrenaron con tácticas de combate moderno en montaña, concentraron todas las operaciones ofensivas en el combate nocturno, bombardearon constantemente los centros de C3I y logísticos de la guerrilla, acosaron por medios terrestres a las columnas guerrilleras mediante emboscadas y asaltos verticales y activaron tácticas de descabezamiento apuntadas a los líderes de estos grupos armados. Aun cuando los éxitos de este grupo de Operaciones Especiales es indesmentible, 900 Comandos no pueden hacer el trabajo de un ejército de 100,000 hombres.

Lo que llama la atención es que el mando central del ejército peruano ha sido incapaz de comprender los éxitos logrados por sus unidades de fuerzas especiales y persiste hoy en día en seguir inundando las provincias bajo el control de la guerrilla narcotraficante con humildes soldados conscriptos de 17 años que no poseen formación militar alguna. Si a esto sumamos la inexplicable decisión del ejército por crear “fuertes” llenos de conscriptos – en medio de la selva y aislados de todo soporte militar – no es difícil entender como las victorias ganadas a sangre y fuego por los Comandos del Perú se pierden a manos de líderes incapaces de comprender el campo de batalla en que operan. Ello ha provocado que ahora más del 80% de las misiones de las fuerzas especiales del Perú se reduzcan a operaciones de rescate de heridos, recuperación de fuerzas cercadas en algún fuerte aislado, retorno de cadáveres de soldados perdidos en la selva, etc.

A pesar de que no es difícil entender que la emergencia y el centro de gravedad del ejercito (y de las fuerzas armadas del Perú) se encuentra en la lucha contra los grupos armados que producen la mayor cantidad de cocaína en el planeta tierra, es de verdad incomprensible el porqué aun no existe una completa re-estructuración de las fuerzas orgánicas -de nivel batallón y superior- a objeto crear una doctrina conjunta de operaciones especiales en Selva y Montaña. Nuevamente, la escasa tolerancia a la crítica y el silencio que les exigen algunos líderes del ejército a sus subordinados limita y retrasa todo proceso de modernización operacional.

Conclusiones:


Históricamente todas las empresas más exitosas del mundo han contratado a expertos externos para perfeccionar sus procedimientos de trabajo y para asegurar (sin egos ni complejos) la adecuada modernización y una mayor eficiencia de la empresa.

La contratación de empresas de Entrenamiento Militar Avanzado ya es un hecho en Alemania, Inglaterra, Canadá y Estados Unidos quienes recontratan permanentemente a oficiales recientemente retirados para re-entrenar tropas, hacer clases o para detectar falencias al interior de sus instituciones. Dichos contratos son de corta duración, alto profesionalismo y de tremenda conveniencia económica, pues le permite a la fuerza entrenar en habilidades específicas y no obligan más tarde al ejército a mantener a ese cuerpo de instructores durante 30 años para luego asumir también la responsabilidad de su pensión de retiro.

Este tipo de contratación, consiste en un atractivo conjunto de actividades de soporte del sector privado en directo beneficio de los presupuestos del ministerio de Defensa en sus adquisiciones. La eficiencia del sistema de entrenamiento militar externo (al no estar ligado a oficiales compañeros de curso o amigos del comandante evaluado) buscan una mayor transparencia y eficacia en los procesos de modernización, entrenamiento y evaluación. Esto garantiza intensos periodos de entrenamiento avanzado a manos de verdaderos expertos que, tras finalizar la misión específica para la que fueron contratados, no implican mayores gastos para el ejército. Estas nuevas fórmulas de contratación son especialmente atractivas para los Ministerios de Defensa Latinoamericanos, sobre todo al considerar el desfavorable entorno económico y presupuestario que vive la región.

Todo indica que esta es una tendencia creciente que muy pronto dominará los mercados internacionales. En América Latina, este nuevo sistema de trabajo ira separando dramáticamente a los ejércitos pobremente entrenados y sin acceso a sistemas y doctrinas de empleo de última generación, de los ejércitos que si se beneficiarán de una sana exposición a nuevos sistemas de trabajo y entrenamiento que modificarán –sin lugar a dudas– su letalidad y eficiencia en el combate.

*José Miguel Pizarro Ovalle, ex oficial del Ejército de Chile y ex infante de la Marina de los EEUU, es analista de Defensa de CNN en español y asesor senior de la consultora de riesgos GardaWorld en Washington DC.

Fuente: infodefensa

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